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La función inaugural inició con  La casa de los carteros coreografía de Aura Patrón interpretada por Wesly Marroquín y Dalila Medina que ganó en 2014 el Premio Culiacán de Coreografía “Héctor Chávez” y muestra cómo dos almas convergen de forma íntima y profunda en un mismo espacio. Manómetro de Agustín Martínez interpretado por José A. Rochín, Ángel García, Eric Soto, Katya Rivera y Katia García, impuso un universo robotizado a través de la música, el uso de los reflectores como metáfora de una fábrica en donde los cuerpos de los bailarines hacen una crítica hacia la sobreexplotación laboral y la alienación de las personas.
Proa de Claudia Lavista tuvo la participación en vivo del músico iraní Shamou, quien actualmente es Director Musical del departamento de danza de la Universidad en Carolina del Norte en  Charlotte, E. U. y es reconocido internacionalmente por su amplia trayectoria en colaboraciones con danza. En ésta obra, una docena de bailarines dramatizan como la desesperación, la ayuda  y, finalmente, la esperanza retratan el tema de la migración, las caídas, las pérdidas y los fracasos hasta llegar a un muro sin sentido que se rompe al momento del encuentro entre las personas.
Después del intermedio el espectáculo continuó con la pieza Aves sin paraíso de Víctor Manuel Ruiz en la que imágenes dancísticas aparentemente amorfas fueron creando poco a poco la atmósfera de una ciudad mediante la utilización de una especie de jaulas virtuales para recrear los espacios cerrados en los que viven las personas en las ciudades.
La vida en rosa de Daniel Marín fue la propuesta dancística de la noche que más acercó a la danza con el teatro, inspirada en el ícono de la música francesa  Edith Piaf  que popularizó “La Vie En Rose” en el lejano 1946.
La noche continuó con Radar, aquella emblemática y espectacular pieza que en 2016 cerró con broche de oro los dos fines de curso “Cuerpos en vilo” (junio) y “Radar” (diciembre) de la Escuela Profesional de Danza de Mazatlán y, a casi dos años de su estreno, fue reinterpretada en el teatro que la vio nacer para emocionar al público con esa peculiaridad escénica de formar este objeto con la coordinación dancística de 14 jóvenes en movimiento.
Al término de la última pieza, los seis grupos de bailarines y sus coreógrafos fueron aplaudidos por el público y, luego Raúl Rico González, director general del Instituto de Cultura de Mazatlán, subió al  escenario para

Éste artículo fue publicado en Prensa. .

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