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Para abrir la función, la “Sonata no.9 en DM, K.311” de Wolfgang Amadeus Mozart, a través de tres movimientos (Allegre, Andante y Rondo) permitió desarrollar a este joven maestro diversas estancias técnicas y emotivas que fueron de los alegre y vivaz, a lo parsimonioso y complejo.Posteriormente con “Consolation” de Franz Liszt, Rivera llevó al público a un intenso trance de melancolía que, si bien tuvo una corta duración, significó una variación importante en la atmósfera del recital.
Con “Fazt su Ernst (kinderscennen)” de Robert Schumann, la Casa Haas entró a un ambiente de sonoridades impredecible y poderosas que cobraron vida en la enérgica interpretación del maestro Rivera, quien demostró su gran capacidad de volcarse por completo en obras de carácter demandante.
De nueva cuenta el “Vals en AbM, Op.42” de Frédéric Chopin significó un cambio que sorprendió al público: en esta ocasión, la exquisitez, delicadeza, brillantez y gran lirismo del maestro polaco enervó a la audiencia y esta sensación creció al máximo con “Berceuse, Op. 57” en donde la delicadeza dio paso a la gravedad, dolor y densidad sonora en un viaje con notas desesperadas y dramáticas que exigieron notoriamente al maestro Rivera.
Al final el público aplaudió fuertemente al músico por un concierto que pasó de lo formal y elaborado, a lo intenso y pasional, una verdadera travesía sonora de la mano de José Miguel Rivera

Éste artículo fue publicado en Prensa. .

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