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El contrabajo, un instrumento que usualmente tiene un papel de soporte, tuvo en esta noche el sitio de honor en una serie de ejecuciones que dejaron ver la exhaustiva, rigurosa y apasionada ejecución del maestro Max Torres, quien recorrió su instrumento como si de un continente se tratara.“Segunda suite para violoncello solo” de Johann Sebastian Bach fue la pieza de apertura que, a través de cuatro movimientos, permitió a Max Torres desplegar su técnica y sensibilidad que alcanzaría uno de sus picos más elevados en la siguiente interpretación.
“Puj Haddas” del contrabajista francés de origen sirio Francois Rabbath, desplegó un hipnótico y vertiginoso ritmo en el que Torres envolvió a la concurrencia que, atrapada en los sonidos, miraba cómo al artista sudada copiosamente tras esta exhaustiva pieza.
Posteriormente “Cuatro piezas” de Giovanni Bottesini unieron el vigor del músico con la precisión y exquisitez del maestro Sergio Freeman en cuatro movimientos que dieron pie pasajes de ensoñación, movimientos explosivos y armonía.
Antes del cierre del recital, “Pavane” de Maurice Ravel y “Le cigne” de Camille Saint Saens, dieron muestra del gran trabajo en equipo que ambos artistas forjaron durante sus ensayos y que crearon una noche entrañable.
Y finalmente, el “Concierto N° 1 para contrabajo” terminó de demostrar cómo cualquier instrumento puede despertar una auténtica oleada de sonidos y emociones si un artista talentoso, y sobre todo, dedicado, se emplea a fondo en su ejecución.
El público aplaudió con fuerza a ambos artistas para despedirlos y agradecerles por su pasión y profesionalismo.
 
 

Éste artículo fue publicado en Prensa. .

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